
“Don Víctor Hugo: párese y dígame quién fue Víctor Hugo”- me dijo un profesor de castellano en primer año medio. Yo algo sabía de la existencia del escritor francés, pero el profe me hizo leer en una semana Los Miserables. Esta escena ocurrió en una añosa sala de clases de un colegio público: el Instituto Nacional. Desde esa oportunidad, se comenzó a forjar mi hábito por la lectura y las letras y me transformé en periodista. Ustedes pensarán que luego estudié en alguna universidad tradicional, pues no. Cursé mi profesión en una universidad “cota mil”, según la definición que dio hace algunas semanas el Padre Felipe Berríos en la revista Sábado de El Mercurio.
Para contextualizar, el sacerdote jesuita en su artículo expone lo que significó para él dictar una charla en una universidad “cota mil”, privada y a los pies de la cordillera. Hace un paralelo del camino para llegar a esa institución, en donde vio a jóvenes en las calles del centro de Santiago protestando por algún problema y al subir a esa casa de estudios se preguntaba si esos alumnos no estaban creciendo en una burbuja desconectados de la realidad.
Al entrar a mi universidad “cota mil” se me presentó un variopinto grupo de compañeros. Como en cualquier universidad, también tradicional, estaban quienes asistían porque sus papás se la pagaban y no les interesaba nada de nada, con suerte entrar a clases, aquellos que tenían su vida “asegurada”, los “calienta asientos”. Pero también, había otro grupo que estaba en la dinámica de hacer una universidad, concepto que apañamos para lograr remover un panorama inerte y de desidia. Acá hay un punto clave. Esta universidad, La Finis Terrae, ofrecía becas a otro tipo de alumnado, de colegio público del cual yo fui favorecido. Y bajo ese alero, se comenzaba a ambientar lo que verdaderamente es una universidad: un lugar integral, diverso y dinámico.
Después de mucho esfuerzo logramos revivir los centros de alumnos, meter bulla en el patio con una radio, hacer una revista, entre muchas cosas. Éramos pocos y tildados de “Nerds” por esos alumnos inertes, y también las autoridades nos miraban con una sonrisa en los labios como cuando un niño hace una travesura y los papás se la celebran. Pero finalmente se logró crear una federación de estudiantes en el cual yo pude dar un discurso lleno de universidad y en el mismo patio donde había animado cafés concert, donde había cantado, y donde había tomado vino en cajas de jugo, fumando puro y jugando a las cartas. Es decir, sí, viví la verdadera universidad en una “cota mil”. Primer paso para salir de la burbuja: depende de uno. Ahora bien, como citan los expertos en educación, como el investigador José Joaquín Brunner, hay otros factores en juego que forman al joven: la familia, el contexto social y los profesores.
Desde luego las autoridades tienen que dar el espacio, de ahí a que los alumnos la aprovechen es otra cosa, pero se tiene que cimentar una base. Por eso, una de las problemáticas es que aún hay universidades que impiden a sus alumnos organizarse y eso es un mayor estímulo a mantener un alumnado sin intereses y apáticos. Y allí sí hay un punto al cual, quizás, quiso aludir el sacerdote en su columna. Al respecto, debería existir una regulación la cual prohíba, prohibir, sino claramente estamos hablando de cualquier cosa, menos de una universidad.
Apatía, apatía y el profesor
El problema de la apatía, del desinterés es un factor generalizado en la juventud y no hay estudios que disgreguen ese problema en universidades privadas o tradicionales. Basta ver, por ejemplo, los porcentajes de participación en las elecciones estudiantiles. En la última elección de la Universidad de Chile, se supone donde están los jóvenes más comprometidos, solo un 42% del alumnado votó. Y, desde luego, están las cifras de los no inscritos en los registros electorales: el 80% de los más de 4 millones de chilenos que no votan son menores de 30 años. Son frías cifras, pero marcan lo mínimo de participación e interés por los asuntos públicos. Si bien hay muchos jóvenes que anónimamente realizan labores sociales, los números y la realidad muestran una generación cada vez más individualista, en pos del éxito personal, con muchos elementos tecnológicos, pero con poquísima acción dentro de la sociedad. Volviendo a la universidad “cota mil”, recuerdo el primer paseo que nos hicieron. Fue un recorrido por el centro cívico y de verdad había compañeros que parecían turistas. Pero, este tema no es exclusivo, sino más bien una tendencia que va más allá de una clase social determinada.
De aquí, surge todo un contexto social, familiar y del profesor. Me detengo en este último. Si hablamos, por ejemplo, del Instituto Nacional, lo que mantiene vivo a ese colegio son los docentes. Se vibra con la vocación por educar, con clases en donde sonaba la campana, pero la discusión era tal, que seguíamos sin importar la hora. En la universidad “cota mil”, también, había profesores que se daban el tiempo para escucharnos, para incentivarnos más allá de la materia. Allí, se puede forjar una chispa de luminosidad para los alumnos, transformándose en un factor esencial, más allá de la ubicación geográfica de la institución. Así por ejemplo, agradezco haber reprobado una vez expresión escrita, o que una profesora de reportaje me dijera:-“tú das más que esto, por eso te tendré conmigo el próximo semestre, aunque te de la nota para pasar”. Pequeños detalles, que van marcando diferencias. Son enseñanzas que se llevan por toda la vida. Uno siempre se estará educando, pero las raíces se marcan en el colegio y en las instituciones superiores. La burbuja está en todas partes. Es lo más fácil y la tenemos todo el día bombardeándonos, pero va más allá de una cota menos o una cota más. El tema es cómo despertar a los jóvenes para que hagan su propia universidad.






