Se cumplió el ritual. Más de 20 “amigos de Andrés Calamaro” pescaron sus pertenencias y partieron rumbo a Mendoza con el solo fin de ver al salmón por segunda vez en menos de cuatro meses. Este ecléctico grupo compartió por mucho tiempo veladas memorables en el Toma 1: el mítico rincón salmón. Jornadas de canto, baile y copas bajo la atenta mirada de Andrés, quien cada noche se hacía presente para hacernos sacar ese tercio de los sueños que llevamos dentro. La poesía se hacía catarsis en las copas que iban y volvían de la barra, con el solo pretexto de sentir la libertad. En ese contexto nos conocimos muchos, y sin saber casi nada de nuestras vidas y buscando, quizás el rumbo errado, dijimos Mendoza es el objetivo.
Hablemos ahora del recital, ya habrá tiempo para mesurar más una crónica de viaje. El concierto de diciembre pasado en el Espacio Riesco estuvo lleno de defectos, tanto técnicos como de organización. La pésima acústica del recinto y el enredo de las sillas y los números, enturbiaron los diez años de espera para ver al salmón tocar nuevamente en Chile. Pero, el sentimiento de los más fanáticos hizo que eso pasara a segundo plano. El recorrido de Calamaro por sus canciones y- en especial- por su último gran y potente disco: “
Hay una lista-más o menos clara- de los más piteados: la lidera Charly, le sigue Calamaro, y palmo a palmo pelean el tercer lugar Fito y Vicentico. Pero, ¿No será que el salmón se le está acercando poco a poco al creador de “influencia”?.
Calamaro tiene la esencia del bohemio empedernido. En su último disco el mismo habla de su recambio: “ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás”. Se le respeta y sin esa carga de existencialismo de trasnoche, de bar y excesos- sin duda- no sería el mismo. Sin embargo, hay un límite que todo artista no debiera cruzar para poder seguir teniendo credibilidad y ese es el punto en el cual me detengo para plantear la alarma.
Para terminar, no puedo dejar de mencionar un par de cosas. La sensación de estar parado frente a ocho mil argentinos que nos insultaban antes de empezar el concierto fue, por momentos intimidante. Muchos me dicen: qué andaban haciendo con banderas chilenas y gritando “ceachi”, si íbamos a un concierto. Puede ser una estupidez, pero era parte de la gracia que tenía el viaje. Pese a un par de desubicados que hacen que esto casi llegará a los golpes, finalmente la recepción de los argentinos fue de la mejor.
El concierto, en sí, fue muy parecido al de Santiago, pero con otro nivel de producción y sonido de mejor calidad. Fue un recital más cargado al rock, a las guitarras (Calamaro casi no tocó el órgano), interpretó temas que poco toca como: “costumbres argentinas”, “los mareados”, “el día internacional de la mujer”. Yo partí adelante, con la entrada de las canciones “el salmón” y “los chicos”, pero los argentinos saltan como locos, como barras bravas, y terminé sucumbiendo, viviendo mi propio encuentro- con varios cigarrillos y navegando por el mundo del salmón en la más perfecta de las enajenaciones.